Bitácoras / Extrañar al filo del precipicio
| Víspera portuaria / Eric N Alvarez © 2026. Todos los derechos reservados. |
Caminé en mi mente esta madrugada, como tantas veces lo hice en las mañanas y en las tardes, la colina que conduce después del vetusto flamboyán rojo, a los andenes de Puerta de Tierra, parte de un islote de donde parte la malignidad y la inocencia, y delimita el San Juan antiguo, como pude haberlo hecho alguna vez en Vigo o Róterdam, por distintos instantes crepusculares, que atrapan, como en los trópicos, mis motivos en la transición del verano al otoño; allí, solar y contundente, la divinidad única del comienzo de las vísperas, se abre determinante y, como tú aquella mañana, entrega toda su luz, seduce mis ojos como tus ojos secuestran mi mirada, como bien lo sabes, infinita, voraz, rabiosamente femenina como las marejadas otoñales y de invierno; allí el vértigo se adhiere a las formas en el cielo, y aguardan deshabitados los veleros y los botes que nunca zarparán a navegar los precipicios que el horizonte deslinda sobre el Atlántico norte, sin la maldad a bordo. En ocasiones, como las de esta madrugada, influido por la cercanía de todo lo que el tiempo y el espacio aleja de mis días, penetran las grietas de mis defensas precarias, alucinaciones, sombras y formas cuestionables de alguna mañana de septiembre; hay flores rojas en el suelo, mientras hay trazos en mi mente que me indican que caminaba hacia el puerto con la mirada hacia un infinito sin descripciones viables; tú apareciste como podrías haber aparecido cualquier otro día, súbita, imprevista, como uno de esos sueños, luego un beso era aire deformado como una despedida sin preguntas ni respuestas; desde entonces, sin yo entenderlo, sin poder suponer ninguna razón para ello, ni descifrar al menos un motivo que pueda explicarlo, aunque sea tan iluso como frágiles y primarias raíces en la arena, y a pesar de que eres y estás presente siempre en mi vida, comienzo a extrañarte mujer; rumio, repaso mis días y, evidentemente, durante esos momentos te extraño, sin motivos aparentes, sin estar llamado a extrañarte, sin que pueda sostenerse un breve suspiro de nostalgia, como si hubiera llegado a las cavernas de otros mundos subterráneos y desde allí te recordara como cada mañana, cada tarde y cada noche; la vida anida al filo de un precipicio y cada gesto de amor, cada caricia y cada abrazo es un acertijo, o una abreviatura tenaz de un recuerdo que tal vez nos salva de todas las muertes.
Eric N Alvarez
© 2026.09.06. Todos los derechos reservados.
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