Bad Bunny: ¿Es posible obviar 75 millones de hispanos en la América de Trump?

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                                                         A Lilliana Ramos Collado 

desde el recuerdo de una

conversación por sostener...


A Cuba y Venezuela, 

por la democracia,

contra el autoritarismo

sin importar su vestidura...


Bad Bunny. Tal vez pueda afirmarse que sus performances parten de la exaltación espectacular del neonacionalismo a partir de la identidad sociocultural de los puertorriqueños que, sin embargo, y al mismo tiempo, no rechaza su vínculo con los Estados Unidos, sino que lo reivindica, para todos los efectos políticos y culturales, afirmando la diversidad y rechazando el desesperado nacionalismo racista que persiste en los Estados Unidos. 


Una expresión espectacular sin duda que reafirma la presencia demográfica hispana proyectada a alcanzar sobre 75.8 millones para el año 2030, con un estimado de un 25% del total de la población de los Estados Unidos.


Esta realidad es un fuerte golpe, no para los ciudadanos americanos que en su mayoría rechazan las políticas de Trump, sino para quienes rechazan el carácter multicultural y étnico, así como las venas democráticas, de los Estados Unidos. 


Ante los Estados Unidos, y podemos señalar que ante el mundo en su totalidad, está planteada, tras el primer cuarto de del siglo 21, una coyuntura en la que se presentan dos "senderos que se bifurcan”[1].


De una parte. el autoritarismo acompañado de un populismo basado en el nacionalismo o determinada religión, o ambos, y por definición, excluyentes.[2] De la otra, el sendero de la democracia participativa capaz de permitir, dentro de un mismo Estado político, comunidades culturales interactuantes, donde la pluralidad de las ideas y perspectivas, ante un universo complejo, [puedan] respirar. 


El sendero democrático conlleva el respeto a la diferencia y la diversidad, la igual protección de las leyes, el debido proceso ante la ley, la libertad de expresión y el derecho a la propiedad privada, por parte del ordenamiento legal y la sociedad en su conjunto.


En Puerto Rico, mientras tanto, la clase política, y cierto nacionalismo estancado en las consignas y postulados binarios del siglo pasado no tienen idea de cómo agarrar este balón. Por ahora diré que ningún sector de la clase política de las tres pistas insulares puede encontrarse cómodo frente a este fenómeno.  


Estos sectores (partidos, movimientos, y líderes) no pueden entender la pertinencia, y la importancia, de la diversidad cultural y étnica, no solo para los puertorriqueños, y los hispanos en general, en los Estados Unidos, sino para la humanidad, particularmente ante el fenómeno de la inmigración.


El nacionalismo cultural puertorriqueño o, si se quiere, la llamada identidad cultural “boricua”, forma parte, con énfasis destacado desde los años '80 del siglo 20 en adelante, del fenómeno multicultural y multiétnico del Estados Unidos que es rechazado, y pretende combatir, precisamente, el trumpismo y las mentes más reaccionarias de ese país. Debo señalar que la presencia hispana, tanto en general, como por parte específicamente de los puertorriqueños, ha sido de impacto significativo por lo menos desde los años de principio de ese siglo hasta el presente, en todo en todo el espectro artístico y cultural en los Estados Unidos.


La afirmación de la identidad étnico-cultural, hoy en lucha intensa, con el apoyo de amplios sectores del resto de la sociedad norteamericana, contra los fuertes remanentes del nacionalismo racista estadounidense, es un hecho que describe la complejidad y a su vez el hilo conductor de las tensiones sociopolíticas de esa sociedad, e incluso de la humanidad en su conjunto. 


Todos estos sectores parten de un neonacionalismo (ya no muy nuevo en realidad) de orientación populista, utilizando los símbolos y los ritos culturales puertorriqueños, para mercadear sus aspiraciones políticas. Aspiraciones que comienzan y terminan en lograr administrar el hoy precario presupuesto del gobierno de Puerto Rico, en su condición de territorio colonial de los Estados Unidos, o incluso, al mismo tiempo, constituir una suerte de república financiada por el presupuesto de ese país. 


A este punto me parece pertinente reiterar que “[el] ser ciudadano […]  adquiere nuevos significados y retos [en el presente] que no están definidos [por el] sentimiento nacionalista, sino [por] la aceptación y defensa de un conjunto de principios democráticos esenciales”.[3]


Sobre este tema ha expuesto Fernando Savater“Si hoy debiésemos condensar en una sola palabra el proyecto político más digno de ser  atendido, yo elegiría esta: ciudadanía. O sea, la forma de integración social participativa basada en compartir los mismos derechos y no en pertenecer a determinados grupos vinculados por lazos de sangre, de tradición cultural, de estatus económico o de jerarquía hereditaria. Desde luego en todas las democracias que conocemos, establecidas como estados de derecho, sigue contando mucho (demasiado, a veces) el elemento nacional, étnico, la carga previamente adquirida de lengua, religión, mitos o costumbres secularmente compartidos. Pero actualmente tales elementos provienen por lo general de pertenencias múltiples, entrecruzadas, porque estas sociedades son siempre mestizas (aunque a veces hayan olvidado que lo son) y amalgaman bajo leyes comunes formas vernáculas de origen diverso.”[4]

De igual manera hoy cobra aún mas importancia lo señalado por Fernando Mires en su ensayo titulado Civilidad: “La ciudadanía actual implica la aceptación de las diferencias, y su único límite es que, en nombre de las diferencias, alguna cultura, dominante o minoritaria, se arrogue el derecho de romper la norma ciudadana. [...] La ciudadanía, para ser más preciso, presupone dos condiciones. La una es ética, y tiene que ver con el saber convivir con diferencias en un mismo espacio o territorio. La otra es normativa, y supone la aceptación de una legalidad común a todas las culturas que conviven en un espacio o territorio.”[5]


No cabe duda alguna de que Trump y MAGA representan todo lo contrario a la civilidad democrática. Por otro lado, el impacto de superstar espectacular de Bad Bunny en el plano mundial y el hecho de que este se manifieste de igual o mayor manera en los Estados Unidos, sin importar lo que hagan o digan Trump y sus aliados, ha colocado a la vista nuevamente lo evidente.


El fenómeno de su espectacularidad, ocurre a partir de un neonacionalismo hiperbolizado. No es solamente el resultado de la sagacidad y eficiencia de una gran operación de producción y mercadeo. Su exitoso show en el intermedio del Super Bowl, del pasado 6 de febrero en California, lo demostró al apelar al hecho, y de paso reiterar, que es imposible, a la altura del siglo 21, obviar o borrar la diversidad cultural del mapa social y cultural de los Estados Unidos. Mucho menos lo es la pretensión de ocultar, o intentar detener, el proyectado crecimiento demográfico de los hispanos en los Estados Unidos a cerca de los 76 millones, lo que les haría, a su vez, el grupo étnico más numeroso de las llamadas minorías en ese país.


Por otro lado, la posición que Bad Bunny luce exponer y proponer en sus presentaciones,

consciente o inconscientemente, no alinea con ninguna de las posturas de la clase política en Puerto Rico. En todo caso, conduce, o condujo al menos en el Super Bowl, a un reclamo de derechos que no pueden articular a la altura del complejo siglo 21, ni el sumiso y rancio republicanismo estadoista desde su afiliación trumpista, ni el colonialismo agarrado al cadáver vestido de costumbrismo isleño del status quo colonial y territorial, como tampoco el izquierdismo infantil y exhibicionista de un independentismo sin programa económico, carentes todos, a su vez, de una mínima convicción democrática o compromiso con la solidaridad social. Excepciones habrán en cada sector, pero ello en sí mismo confirma el patético estado de la clase política de la isla.


Mientras tanto, Bad Bunny seguirá agitando la bandera de Puerto Rico en un mercadeo basado en un “nuevo” neonacionalismo que afirma la identidad y la diversidad, hacia, y desde, el interior de los Estados Unidos, así como alrededor del mundo, con sus interpretaciones onomatopéyicas y sus mensajes de agitación espectacular a un público que disfruta la ejecución de sus performances basado en el exotismo tropical “boricua”, cuya realidad no necesariamente es tan sencilla como su imagen proyecta. 


Después de todo, el universo tropical es más complejo que lo que pueda ser la elasticidad de un género pop-Grammy-friendly, mediante una extraordinaria combinación de escenarios, luces, sonido y baile.

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[1] Frase tomada de El jardín de los senderos que se bifurcan, Jorge Luis Borges (Primera publicación, 1941
[2] Es claro que al interior de las dos vías pueden presentarse zonas grises: espacios democráticos, en el caso del autoritarismo, o ejercicios autoritarios  dentro de la democracia. 
[3] Cita tomada de mi libro, Puerto Rico: la crisis final del ELA y la urgencia de su descolonización, 2016, página 134.
[4] Fernando Savater, Elegir la política, Letras Libres, febrero 2002, según citado en Puerto Rico: la crisis final del ELA…, página 131.
[5] Fernando Mires, Civilidad, 2001, página 114, Editorial Trotta, S.A., Madrid, según citado en Puerto Rico: la crisis final del ELA…, página 135



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