Los espacios del diálogo, las diferencias y la pluralidad
Espacios abiertos /Eric N Alvarez © 2026. Todos los derechos reservados. |
Es cierto. Deberíamos hacer el intento de revertir un proceso que en buen grado nos deshumaniza (igual podría decirse que nos “enajena”) como producto de los avances irreflexivos de la tecnología en el presente, los cuales parecen inevitables. Es cierto, y deberíamos intentar rehacer esos espacios. Esos, los terceros, y también los cuartos y los quintos, los lugares de encuentro, los parques y los espacios abiertos, y si no existieron, o no existen, inventarlos, por el “bien estar” de la gente, del ser humano.
Lo importante, después de todo, y a partir de mi perspectiva desde el trópico caribeño, es que aquellos no fueron ni son eventos alucinados o nacidos del onirismo; existieron, allí estuvimos, y lo esencial no es que lográramos o no alcanzar todo lo que nos propusimos, o defender con éxito aquellas cosas en las que creíamos frente a una realidad que creíamos comprender en toda su complejidad; todo aquello surgió y me atrevo a sostener que puede surgir, tomando nota del presente que ahora nos toca, de la magia de la interacción, de la conversación espontánea, aunque sea para reírse uno de sus propias mentiras, y de sus precarios logros, en ese "tercer" espacio que hace que de la diversidad ubicada en diferentes lugares, abiertos o relativamente acogedores, en mesas, a menudo ruinosas, y siempre con voces entrecruzadas, surja una identidad viva, no homogénea; no autómata, ni mecánicamente monolítica, sino con defectos y, ante todo, plural.
Es cierto. Se nos están acabando esos espacios, y aquellos otros en los que los nexos humanos nacen y se desarrollan. De ahí que a menudo me pregunte si a pesar de los "modos [...] dominantes" de comunicación, y sus artificios, seremos capaces de poder o querer lograr que coexistan los terceros espacios; es decir, el encuentro presencial entre los seres humanos en lugares vivos, carnales y terrenales.
Todo esto puede ser una gran tontería de mi parte, pero al menos no es una queja desde la nostalgia, aunque la memoria distante alimenta gran parte de este argumento. Todo lo contrario. Es evidente que imaginar el resurgir de las ideas y la afirmación del pensamiento, el diálogo y el encuentro, en lugar de los desencuentros o las despedidas, muchas veces inevitables, no es cónsono ni se pliega, y hasta podría plantearse como una respuesta, ante la dureza que el nuevo milenio parece exigirnos, arrastrando el odio que nos concatena con el siglo pasado.
Admito que retomar de alguna manera esos espacios puede ser un reto mayor que lo que podamos imaginar en el contexto de las tecnocracias y el fenómeno autoritario. El intento de superarlo, por su parte, podría valer la pena, aún si fracasara, sencillamente porque sería una reiteración del humanismo y la civilidad. Y ello, desde las imperecederas contradicciones, sería un gran paso adelante.
Eric N Alvarez © 2026. Todos los derechos reservados.
Provoca este comentario el artículo titulado Los terceros espacios se están acabando, publicado por Esteban Go, en el espacio internáutico Troublemag, el cual me fue enviado por un buen amigo y profesor universitario cuyo nombre no he solicitado poder revelar.
Sospecho que el artículo me capturó porque desde finales del mes pasado he vagado a través de experiencias previas, y más que nada, he ido tras algunos pensamientos que para mí, de algún modo, se relacionan con lo que expone su autor. Aprovecho para compartir algunas de las ideas nacidas de este trance reflexivo que curiosamente sincronizan con mi interpretación de lo expuesto por Esteban Go.
Los espacios no solo se sitúan en lugares concretos, sino que ocurren en el tiempo. Se producen en esa fracción ínfima que ocupa en los universos posibles el transcurrir de los eventos que nos afectan o en los que participamos.
La realidad es que en ellos fuimos envejeciendo, o fuimos madurando lo suficiente para darnos cuenta de las cosas inevitables o las aspiraciones imposibles, dadas las circunstancias concretas de la vida, como también de las capacidades, vocaciones y talentos que antes no habíamos percibido, sin importar cuán amplios o limitados pudieran ser.
En ellos enfermamos, tuvimos nuestros malos humores, y desde ellos tuvimos y aún tenemos nuestros buenos recuerdos, incluso, de aquellos debates exquisitos que no resolverían mucho de casi nada, y que bizantinos sostuvimos en los vestíbulos y pasillos que en un pasado no tan lejano eran poblados por estudiantes y profesores universitarios, o en reuniones así como encuentros de tertulias infinitas en lugares improbables.
En algún punto del ser, que parte de esos espacios concretos y temporales, se amontonan emociones, sonrisas, labios, manos, ojos, tu mirada, cuerpos, algunas frases felices, y otras no tanto, las alegrías y las tristezas, las ilusiones junto a la incertidumbre que nutre las ansiedades, las certezas infundadas, y los hechos irrefutables.
Alguna vez, o muchas veces, emprendimos con pasión proyectos para los que no contábamos con los mejores recursos o con experiencia suficiente; ni siquiera, en algunos casos, el conocimiento necesario, algunos de los cuales, tal vez muchos, ¿cómo realmente saberlo?, fueron exitosos a pesar de los factores que limitaban sus posibilidades, dejando un legado fundamental en diferentes ámbitos de la cultura y la psiquis colectiva tras su intervención con lo rutinario aceptado, con las concepciones y las premisas conformistas, inmóviles y hegemónicas.
En aquellos espacios se produjeron encuentros y conversaciones en los que se concebirían diferentes formas de intervención con el complejo y contradictorio espectro cultural de las sociedades que se nos planteaban como referentes. Es decir, ese momento líquido y mestizo de costumbres, ritos, y elementos sicológicos (matizados por la realidad de los agrupamientos de orden familiar-sucesorios y socio-económicos) que incide indefectiblemente en las regiones que abarcan desde el arte hasta la política, y todo aquello que ocupa algún espacio entre ambas instancias de la actividad social, (tanto en sus más exquisitas manifestaciones como en sus peores y más burdas expresiones), que cambia, avanza, y al mismo tiempo retrocede, arbitrariamente en el tiempo.
Allí, en esos lugares no necesariamente idóneos y apenas conocidos en realidad, y ajenos al romanticismo de los neoimaginarios intelectualizados o wannabes de una social-medianería en crisis, las ideas y proyectos fueron gestados al conjugarse personas, ideas, optimismos y sus simbióticos pesimismos, la exageración y la discreción disciplinada, así como sus compromisos con la sociedad o con la historia.
Una amalgama de personas de orígenes diversos, y experiencias no necesariamente funcionales, fascinantes, o cuya presencia no necesariamente era cómoda para nadie, habitaron espontáneamente, sin agendas previamente definidas, simplemente conversaban, discutían, se alteraban, hablaban solos, observaban a los otros, o solo meditaban por algunas horas en aquél temporero centro del universo y el alboroto, en lugares como una mesa en un bar o un colmado, un cafetín de Barrio Obrero, el café de la Plaza de Armas o La Bombonera en el San Juan Antiguo, las cafeterías de La Torre, el Guijonés o El Hipopótamo en el área de Río Piedras.
Aunque reconozco que hasta este punto refiero únicamente, en un exceso de localismo, lugares de la capital de la isla en la que habito, sé que de estos debieron y deben haber tantísimos otros de significado especial para diferentes generaciones en diferentes puntos del mundo. Asumo con seguridad que muchos de estos momentos o la gran mayoría —por no decir todos—, son, sin duda, imborrables en esos otros lugares del planeta que me son desconocidos.
Lo importante, después de todo, y a partir de mi perspectiva desde el trópico caribeño, es que aquellos no fueron ni son eventos alucinados o nacidos del onirismo; existieron, allí estuvimos, y lo esencial no es que lográramos o no alcanzar todo lo que nos propusimos, o defender con éxito aquellas cosas en las que creíamos frente a una realidad que creíamos comprender en toda su complejidad; todo aquello surgió y me atrevo a sostener que puede surgir, tomando nota del presente que ahora nos toca, de la magia de la interacción, de la conversación espontánea, aunque sea para reírse uno de sus propias mentiras, y de sus precarios logros, en ese "tercer" espacio que hace que de la diversidad ubicada en diferentes lugares, abiertos o relativamente acogedores, en mesas, a menudo ruinosas, y siempre con voces entrecruzadas, surja una identidad viva, no homogénea; no autómata, ni mecánicamente monolítica, sino con defectos y, ante todo, plural.
Es cierto. Se nos están acabando esos espacios, y aquellos otros en los que los nexos humanos nacen y se desarrollan. De ahí que a menudo me pregunte si a pesar de los "modos [...] dominantes" de comunicación, y sus artificios, seremos capaces de poder o querer lograr que coexistan los terceros espacios; es decir, el encuentro presencial entre los seres humanos en lugares vivos, carnales y terrenales.
Todo esto puede ser una gran tontería de mi parte, pero al menos no es una queja desde la nostalgia, aunque la memoria distante alimenta gran parte de este argumento. Todo lo contrario. Es evidente que imaginar el resurgir de las ideas y la afirmación del pensamiento, el diálogo y el encuentro, en lugar de los desencuentros o las despedidas, muchas veces inevitables, no es cónsono ni se pliega, y hasta podría plantearse como una respuesta, ante la dureza que el nuevo milenio parece exigirnos, arrastrando el odio que nos concatena con el siglo pasado.
Yo, a pesar de mí, y de todo aquello que me hace un ser imperfecto en medio del caos que nos colectiviza a su modo y semejanza, disfruto y asumo la oportunidad de poder decir lo que pienso, al menos por ahora, en este frágil instante de la vida y, desde el hecho mismo de estar vivo, a pesar de la escasez creciente de los espacios comunes del diálogo, el respeto a las diferencias y la convivencia desde la pluralidad.
Admito que retomar de alguna manera esos espacios puede ser un reto mayor que lo que podamos imaginar en el contexto de las tecnocracias y el fenómeno autoritario. El intento de superarlo, por su parte, podría valer la pena, aún si fracasara, sencillamente porque sería una reiteración del humanismo y la civilidad. Y ello, desde las imperecederas contradicciones, sería un gran paso adelante.
Eric N Alvarez © 2026. Todos los derechos reservados.
(Revisado y ampliado. 3/1/2026)
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